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lunes, 19 de junio de 2017

Oda para que tío Ito vuelva a ser el de antes

Por John Acosta

Carmen y tío Ito, en sus viejas época
 de enamorados
Yo sentía el cosquilleo en mi cabeza y abría los ojos somnolientos aún por la desadormecida reciente y veía la claridad tenue de la linterna, que intentaba inundar la sala con su luz amarillenta por las pilas viejas: era tío Ito que me despertaba, como de costumbre, con la yema de sus dedos como escarbando entre mi cabello ensortijado. Mientras él prendía la lámpara de querosén que colgaba en la parte superior del umbral de la puerta que comunicaba las dos únicas habitaciones de la casa de barro, yo me estiraba en mi hamaca para tratar de alejar rápidamente los últimos vestigios de flojera que me quedaban por el despertar abrupto. Me sentaba con los pies colgantes y me ponía los zapatos que dejaba en la noche debajo de la dormilona colgante. Tío Ito destrancaba la puerta del patio, que era el tronco partido a lo largo por la mitad de lo que fue un grueso árbol, y el frío de la madrugada se acentuaba dentro de la vivienda artesanal. Después de descolgar mi hamaca,  iba trastabillando hasta la tinaja que estaba en un rincón y sacaba el agua en una totuma para lavarme la cara y enjuagarme la boca en el patio. Todo eso me llega a la mente hoy, más de cuarenta años después, cuando tío Ito no es ni la seña de lo que fue, a pesar de que todavía le quedan fuerzas físicas de sobra para volver a ser el toro de lidia que todos admirábamos.

Carmen, la eterna y fiel compañera sentimental de tío Ito, arrastraba sus chanclas de caucho desde su cuarto que compartía con su hombre, su hijo de cinco años (Manuel Luis) y su hija de tres (Claudia Nuris, todavía no había nacido Dayana, la menor), e iba hasta la cocina, que quedaba en la mitad del patio. Ella untaba el fogón, mientras tío Ito le echaba el maíz a las gallinas, antes de abrirles la puerta del gallinero para que salieran a picotear en los potreros. Los terneros, que ya sabían de nuestra levantada, bramaban en sus corrales para que tío Ito y yo nos apuráramos con el ordeño de las vacas. El olor de la leña, recién prendida con querosén por Carmen en la cocina, le devolvía la esperanza a nuestras tripas crujientes.

La cocina de Fundación
Tío Ito y yo entrábamos al corral de las vacas, él con su olla de aluminio para ordeñarlas y yo con mi garrote para ir soltando terneros, uno por uno, a medida que tío Ito avanzaba con su oficio. “Échalo”, me gritaba él cariñosamente, cuando terminaba con la vaca de turno. Y, si era verano, se acercaba a mí resignado, me mostraba la olla con el poquito de leche en el fondo: “Mira lo que están dando estos pobres retobos”, me decía e iba a vaciarla en la ponchera de plástico que tenía en la alacena, afuera del corral. Cuando regresaba, ya yo le había soltado el otro ternero. Y así, hasta que el olor a tinto recién hecho nos llenaba el alma de júbilo. Aparecía Carmen con los pocillos humeantes y nos los pasaba por encima de la cerca. Tío Ito recogía en un vaso de plástico la espuma de la leche recién ordeñada, le rociaba tinto por encima y me lo daba para que yo me la tomara. Manuel Luis y Claudia Nuris, que ya se habían despertado con el cantar de los gallos, el balar de las ovejas y el bramido de los terneros, llegaban con sus vasos para que su padre les diera la espuma con tinto rociado. Nos burlábamos con el bigote blanco que nos dejaba cada sorbo de espuma de leche.

Mi señora y mis dos hijas menores. Al fondo, la vieja casa de Fundación
Desde el corral, veíamos el color rojizo allá en la lejanía al despuntar el nuevo día. Y terminábamos el ordeño cuando los primeros rayos solares alejaban de la grama y de las hojas de los árboles el rocío mañanero. Ya Carmen había asado las arepas de queso, que nos servía con huevos revueltos y café con leche. Tío Ito y yo habíamos pilado el maíz la tarde anterior, de los sacos desgranados que estaban en el rincón del cuarto que él compartía con su compañera y sus hijos. El mismo maíz que él había cultivado en la rosa cercana a la casa. Carmen lo había hervido en la noche, poco antes de acostarnos. Y tío Ito y yo lo habíamos molido en la madrugada, antes de entrar al corral.

Yo me iba al potrero a buscar el burro en el que debía llevarle a la vieja Aba, mi abuela, allá en La Junta, la leche y las yucas que tío Ito había sacado de su rosa la tarde anterior. Cuando regresaba con el animal amarrado, ya tío Ito había puesto a cuajar la leche para hacer el queso más tarde. Él me angarillaba el burro y amarraba las mochilas de la yuca y la del cántaro de leche en los cachos traseros de la silla. Ya yo había aprendido a subirme solo al burro, apoyando mi rodilla derecha en el pescuezo del animal. Salía montado rumbo al pueblo del alma, mientras tío Ito soltaba las vacas y los terneros.

La vieja Aba, de negro; tío Ito, de sombrero. atrás; Carmen Mejía,
a medio lado y sonriente. Todos, frente a la casa, en Fundación
Si era día de semana normal, yo regresaba en la tarde, después de que salía del colegio. Y si era fin de semana, volvía en la misma mañana. Me turnaba con mi primo Álex, que tenía mi misma edad, y también era criado por la vieja Aba en La Junta: un día iba uno y otro día, el otro. En la mañana, no encontraba a tío Ito porque estaba en los potreros haciendo los oficios normales: tapar un portillo, haciendo una nueva rosa, echando una nueva división de alambre de púa, en fin. O en el playón del río, amansando un potro brioso.

A tío Ito le gustaba más que fuera Álex porque él había aprendido a ordeñar, angarillar el burro, sacar la yuca. Mientras que yo me llevaba los libros del colegio y me entretenía con mis tareas académicas. Una vez llegó tío Ito de los potreros a las cuatro de la tarde y encontró a los animales escoteros en la puerta del potrero, agonizando de sed. “¿Ajá, y tú por qué no haz llevado a los animales al río para que beban?”, me preguntó contrariado. “Porque ellos bebieron ayer”, le respondí inocentemente. “¿Y tú no bebes agua todos los días?”, me hizo entrar en razón.

Mirando atrás

El nombre completo de tío Ito es Manuel Nicolás Acosta Mendoza. Es el sexto de doce hermanos: Elvira Mercedes, María Nurys, Miguel Luis, Néstor Emilio, Alcides de Jesús, Afranio José, Manuel Nicolás, José Elías, María Elisa y María Esther (mellas), Jorge Félix y Carmen Rosa (mellos). Su segundo nombre es en honor al mayor de sus tíos. Por cariño, la vieja Aba, su madre, empezó a llamarlo Manuelito y el diminutivo de ese diminutivo es Ito, como lo llama todo el mundo.

Carmen y tío Ito, recientemente
Carmen Mejía es nieta de una prima de mi abuelo; es decir, de una tía prima de su marido. Todos los hermanos de tío Ito habían salido del pueblo a buscar mejor vida en otros lugares: solo quedaban tío Ito y tío Jorge, el menor. Ambos vivían en Fundación, la parcela de los abuelos. Tío Jorge quería alzar vuelo rápido también. Y le había dicho a su hermano que se consiguiera rápido una mujer porque lo iba a dejar solo en el monte. Ya tío Ito conocía a Carmen, quien vivía en Valledupar con su papá. Ella había llegado a pasar unas vacaciones a La Junta y tío Ito no quería desperdiciar aquella oportunidad de convencerla a que se fuera a vivir con él.

Tío Ito cuenta que ya él había hablado con ella y quedaron en que él la recogería esa noche para irse a vivir a Fundación. Carmen dice que es mentira, que ella nunca le dijo que sí, pero que él se presentó en un caballo y la obligó a subirse. Lo cierto es que tío Jorge pudo marcharse a hacer su vida cerca a sus otros hermanos porque ya no dejaba a tío Ito solo en el monte.

La depresión no superada

Manuel Luis (qepd) y su hijo mayor, Yordan
Carmen y tío Ito tuvieron tres hijos: Manuel Luis, Claudia Nurys y Dayana. Compraron una casa en La Junta, cuando ya los muchachos iban a entrar a la escuela. La vendieron mucho tiempo después, cuando la vieja Aba, mi abuela, murió y ellos se fueron a vivir a la casa de los abuelos. Cuando Manuel Luis terminó su bachillerato, su obsesión era entrar a trabajar en la mina carbonífera de Cerrejón. Yo había hecho mis prácticas profesionales en la división de Comunicaciones de esa empresa y, después de varios intentos, mi primo pudo lograr su propósito de trabajar en la multinacional minera.

Manuel Luis y tío Ito tenían muchos planes para Fundación. Incluso, ya habían empezado  a ampliar y distribuir los potreros. Hasta que tuvo que llegar lo inesperado. Recuerdo la mañana aquella en que mi primo Manuel Luis llegó a la universidad donde yo trabajaba como profesor, en Barranquilla. “Primo, me ha salido una cosa en el estómago que no se ha podido determinar de qué se trata”, me dijo. Esa vez, almorzamos juntos, lo subí a mi oficina y hablamos largo rato. Me insistía en que no sabía de qué se trataba su enfermedad.

Tío Ito y dos de sus nietos, en foto reciente
Volví a saber de él en Santa Marta, donde yo iba los fines de semana a dar clases de redacción periodística en la Universidad Sergio Arboleda. Dios quiso que lo viera todas las tardes de los sábados, cuando terminaba clases. Él estaba ahí, en esa inmensa casa, acompañado solo con la firme esperanza de Carmen, su madre. Y, en esa rápida tarde de desahogo, hablábamos de lo divino y de lo humano. Ahí  conocí su firme convicción de que el embrión de pato lo iba a curar de ese cáncer terminal que le consumía su estómago.

Tío Ito y su nieto Yordan, el hijo mayor de
Manuel Luis
Volví a saber de él porque estaba grave de muerte en un hospital de Medellín, acompañado apenas por la esperanza eterna de Carmen, su madre. Ahí murió. Ese día pidió hablar por teléfono con sus hijos, que estaban en La Junta. Y, después de decirles a todos que los quería, murió. Mi tío Ito no pudo superar nunca el dolor por la partida de su hijo mayor. Era su único varón. Y hasta el sol de hoy, mi tío Ito no sale de la habitación que Manuel Luis construyó en la casa de la vieja Aba. Mi tío Ito no volvió a ir a Fundación. Ya mis actividades académicas me impiden ir a esa parcela con la constancia que deseo, pero aun cuando puedo ir, uno encuentra el abandono por todos lados. Cómo hace falta la  presencia de tío Ito en esos parajes de su dominio. Tío Ito apenas sale del cuarto que hizo parar  Manuel Luis, saluda con el cariño de siempre, pero con la nostalgia latente en su alma, y vuelve a regresar a su encierro.

Hoy no solo es día del padre, sino que, además, tío Ito está cumpliendo años. Lo supe por un hermoso mensaje que Beto, el mayor de los muchachos que la abuela Aba crio, puso en el grupo de WhatsApp de los Acosta: “Dios lo bendiga y lo saque de ese encierro en que se encuentra, qué bonito sería volverlo a ver como antes, mamando gallo, echando cuento y todo eso que lo hacía un personaje único en la familia”. Así es, tío Ito, todos lo esperamos de regreso, usted tiene con qué.